Estamos en Pascua. Es el tiempo litúrgico por antonomasia. ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido para que el aparente fracaso de Jesús, muerto en la Cruz y sepultado en un sepulcro, se convierta en victoria y gloria? El hecho que cambia todo es que Jesucristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos. Jesús no está en el sepulcro. Jesús vive verdaderamente. “Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos”1. En las Misas de estos 50 días, desde el Domingo de Resurrección hasta el de Pentecostés, escucharemos el anuncio alegre, núcleo principal del mensaje cristiano: ¡Jesús vive y te quiere vivo! La Resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe. “Porque, si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Romanos 10, 9).